Finales NBA 2017: la impotencia de Superman

El exquisito talento de los Warriors pusieron a Cleveland al borde del precipicio, y los poderes de LeBron no pueden cambiar el curso de las finales.


Lo primero que te encuentras al llegar al aeropuerto de Cleveland es una gran estatua del ‘Hombre de Acero’, con su capa roja, saludándote y recordándote que su leyenda fue creada en la ciudad que acabas de pisar. Inmediatamente, la mente se traslada a LeBron James, claro. Un tipo alto, granítico y que parece físicamente sacado de la ensoñación de una dama en busca de la perfección. Y, además, un héroe tanto local como mundial.

Con el símil en la cabeza llega este enviado especial de Básquet Plus al centro de una urbe pequeña, austera e infectada de esperanza. Todo son camisetas de sus Cavaliers por las calles, el único equipo profesional de la ciudad que les hizo sentir la gloria alguna vez. Sin embargo, es todo una ilusión, tal y como canta la canción de Aerosmith en el vídeo marcador durante la presentación del equipo: ‘Dream On’. Las imágenes del título del año pasado y el lema “vamos a hacer esto otra vez” con sintonías de Phil Collins hacen también presencia para enardecer a los miles de fans ardientes por un lema, ‘Defend de Land’ (Defender el territorio’) impreso en carteles, merchandising, pancartas, banderas… Y en las gigantescas pantallas del Quicken Loans Arena. Pero ya lo hemos escrito hace unas líneas: se trata de un querer y no poder. Todos lo saben. En la cancha, en la ciudad, en los medios de comunicación y hasta en las casas de la gente que no sabe ni quién es Kevin Durant.

Se refleja en la cancha, durante el partido, a cada minuto. Los esfuerzos por enardecer a las masas y apretar al rival son inmensos, a base de mensajes continuos y de convertir el partido en un concierto de arengas famosas con vídeos perfectamente preparados. Pero hay algo, un sentimiento presente, subyacente, de que no se puede. Los Cavaliers del Superman LeBron no van a ganar a los Warriors, y punto.  

Hay una línea estadística en el Jumbotron que cuelga del techo del pabellón que lo dice todo, y es demoledora: 70, 75, 77, 66, 69… Es el porcentaje de triples de los de la bahía de San Francisco, actualizado tras cada jugada. Basta con mirar ahí, fijamente, para saber que cualquier esperanza es una mentira. El talento de los Warrios, inventores de un nuevo baloncesto, a veces de hasta un nuevo deporte, te genera la sensación de que estas ante máquinas de inteligencia artificial que un día habrá que desactivar con el botón rojo de alarma para que este juego que amamos no pierda la emoción.

Sus lanzamientos no se pueden defender, da igual lo alto que saltes para puntear el tiro, lo cerca que estés de evitarlo. Da lo mismo si dejas tu aliento en su cara. El balón va a la red, sus caras no regalan el mínimo gesto, como si ejecutasen solos sin rival alguno. Podríamos hablar aquí de análisis profundos, de porque Tyronn Lue le debe toda su carrera de entrenador a LeBron, de cómo los ‘dos contra uno’ a Durant llegaron tarde y ante Curry nunca llegaron, de cómo la segunda ayuda no está entrenada o de quién decidió fichar a un Deron Williams que se retiró a comer costillas hace mucho tiempo. Pero, aunque todo eso sea un buen objeto de estudio, no lo haremos. No es necesario. Cuando Superman lo es al 200% y aún así su impotencia resulta evidente, no hay nada más de que hablar. ‘El Ejército Terminator’ del futuro que han construido en Oakland es inabarcable. Ni épica ni historias que contar a los nietos de remontadas imposibles. La NBA sufrirá su tiranía durante años… Y ni Superman podrá salvarla.


David Carro / davidcarrofunes@hotmail.com
Especial para Básquet Plus desde Cleveland

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