En Franco despegue

Esta es la historia de Balbi, uno de los mejores bases del país y el cerebro de Ferro, nuevo líder de la Sur. Los aprendizajes que lo hicieron madurar. Cómo se dio cuenta de que iba por el mal camino y resurgió. “Creí que me las sabía todas, pero estaba haciendo todo mal”, acepta a los 27. Opinan jugadores y técnicos que fueron decisivos en su carrera.






Por Julián Mozo

Noche del 6 de diciembre de 2009. Juega Quimsa ante Minas Tenis en el Poli Ceruti de Córdoba. Franco Balbi, una de las grandes promesas en el puesto de base, corre de atrás a Raulzinho (hoy base NBA) tras una pérdida del equipo e intenta taparlo. La mala suerte es tal que un choque en el aire lo desestabiliza y cae mal. El resultado: rotura de ligamentos cruzados de la rodilla izquierda. Una lesión que marcó un antes y un después en el juninense, un momento negativo que lo hizo madurar. A los golpes. “Viste cuando te dicen ‘llegar se llega fácil, lo más difícil es mantenerse’. Mi caso lo ratifica. En ese momento yo tenía 19 años, veníamos de ganar dos títulos con Quimsa en esa misma temporada y sentía que me llevaba el mundo por delante, que todo era fácil, que me las sabía todas… Incluso creí que la lesión la superaría fácil, que no pasaba nada. Para colmo de males, Quimsa me renovó lesionado y me dejé estar… Hice la recuperación, sí, pero no me cuidé en nada y llegué a pesar 97 kilos. Sí, ¡97, midiendo 1m84!”, reconoce Balbi, quien hasta entendió la decisión del club santiagueño de darlo de baja. “Cuando volví no podía jugar, me pasaban como si fuera un cono…”, admite el base de 27 años.

Generalmente en las malas se aprende mucho más que en las buenas y eso es lo que rescata Balbi, que hizo un click que hoy le permite atravesar un gran momento en el sorprendente Ferro y ser uno de los mejores armadores del país, como su potencial sugería en el 2009. “Me costó entenderlo. De hecho en esa misma temporada del corte me llevó San Martín y ascendimos a La Liga, pero ni siquiera ahí tomé la real dimensión del aprendizaje porque, como estaba, me alcanzaba para jugar en el TNA. Recién lo hice cuando volví a Argentino. (Adrián) Capelli me llamó, volvió apostar en mí y allí entendí todo, sobre todo cuando me crucé con Lucas Pérez”, explica. Pérez era el base titular elegido por Capelli y compartir equipo le cambió la cabeza a Franco. “Verlo entrenar y cuidarse me hizo darme cuenta de que yo estaba haciendo todo mal, en las comidas, los descansos y los entrenamientos, que había perdido mucho tiempo… Imaginate que Lucas había pedido la llave del club y, cuando estaba sin hacer nada, se iba a entrenar solo. Ahí caí que, por lo menos para equipararlo y estar entre los mejores, tenía que cambiar todo”, analiza FB con crudeza.

Pérez escucha la historia y sonríe, aunque asegura que nunca lo habló personalmente con Balbi. “Sí, recuerdo aquella época de Franco. Estaba tratando de reinsertarse en La Liga, con ilusión y ganas. Es cierto que no estaba bien físicamente y me alegra que yo le haya servido de algo. Yo fui fiel a mí mismo, a ser un buen compañero, algo que aprendí de otros. Eso de competir con el otro base del equipo no me va... Prefiero mostrar un camino, en mi caso el del profesionalismo, el de prepararse todo el tiempo para estar mejor. Franco me vio, se fue acercando y yo traté de ayudarlo en todo. Cuando tenía un buen partido, le mandaba un mensaje de aliento y si era malo, otro para que no se bajoneara. Pero algo tenía claro: cuando él se pusiera bien, iba a ser lo que es hoy porque sus pinceladas de talento, ese juego natural que le fluye, estuvieron siempre”, explica. Capelli recuerda bien lo que lo ayudó Lucas y explica su apuesta, pese a saber que no estaba 10 puntos. “Tuve una charla larga con él y le pregunté si le interesaba el desafío. Le di dos días para que lo pensara, pero automáticamente me dijo que sí. Noté sus ganas, esa temporada trabajo un montón, fue a una nutricionista y siguió mucho a Lucas. Fue bueno para los dos y Franco volvió a ser el que yo conocía”, opina Adrián.

Aquel click de los 20 años no fue el único que hizo Balbi. Hubo otro que se dio en su adolescencia y que le sirvió para ver el básquet de otra manera. Pero, claro, para entender esa historia, primero hay que conocer su relación con el básquet… En Junín, Franco creció rodeado de futbolistas, en especial del padre y sus tíos. Por eso sorprendió a toda la familia cuando, luego de ver una publicidad de una escuelita de básquet en el canal de cable local, pidió que lo llevaran a Villa Belgrano, un club de barrio en Junín donde el padre había sido futbolista. Tenía apenas 5 años. “Junín cuenta con mucha tradición, pero nadie hablaba de básquet en casa. Ni en el barrio”, dice Franco, quien de entrada mostró una facilidad para manejar la naranja. Así lo recuerda Daniel Pontelli, el primer entrenador que tuvo. “Villa Belgrano es un club futbolero y, cuando yo agarré, el básquet tendía a desaparecer. Salíamos últimos en todas las categorías, aunque yo notaba que teníamos a un pibito que era distinto. Cada tanto ganábamos algún partido, gracias a Franco, aunque para él no era sencillo. Se cansaba de perder y se iba llorando a la casa…”, comenta, quien alguna vez tuvo que interceder para convencerlo de no pasarse al fútbol. “Sí, recuerdo que me enojaba mucho, a veces lloraba y hasta me plantee dejar, pero no me duraba mucho”, explica el base. Pontelli intercedió cuando los padres quisieron llevarlo al fútbol. “Les comenté que Franco tenía un futuro en el básquet. Imaginate que yo lo hacía jugar hasta dos categorías más arriba de la suya. Ya era puro talento y tenían que marcarlo de a dos y hasta de a tres…”, comenta. En un equipo de barrio, sin compañeros que lo ayudaran como necesitaba, Balbi se acostumbró a hacer todo. Pasar a uno, a dos, a tres, a tirar una, dos, muchas pelotas. “Conmigo hacía lo que quería”, dice un sonriente Pontelli. “Sí, es verdad, lo que pasa es que en Villa tenía que hacer todo para que pudiéramos ganar un partido. Incluso un año fue épico que termináramos terceros por encima de Ciclista”, recuerda el chico.

Pero, de a poco, Franco debió afrontar nuevos aprendizajes, como cuando se cambió de club a los 14 años. “Daniel se fue a vivir a Italia y me recomendó que me fuera a los Indios, un club con tradición formadora en la ciudad pero sin la cantidad de chicos ni la presión que hay en Ciclista o Argentino”, explica Balbi. Allí tuvo a entrenadores ex Liga Nacional como Rubén Lorio o Daniel Aréjula, que terminaron de potenciarlo. El click, igual, llegaría más adelante. “En los Indios tuve más compañía pero seguía jugando mucho para mí. Distinto fue en Ciclista…”, relata Franco, quien se fue a uno de los dos más grandes a punto de cumplir 17 años. “Allí me encontré con más reclutados, con chicos que jugaban bien y a mí me costó bastante adaptarme. Yo era muy rebelde, y me acuerdo que me re calentaba…”, reconoce. Cruzarse con Julián Pagura, hoy DT de San Isidro en el TNA, resultó decisivo. “Desde el primer día nos llevamos muy bien y estaba claro que tenía mucho talento y un gran carácter, pero tuve que ponerle los límites porque estaba acostumbrado a jugar para él”, relata el coach. Suena extraño decir algo así cuando hoy, justamente, Balbi se caracteriza por lo opuesto. “Sí, es verdad, pero me llevó un proceso”, asegura el base. Un proceso que disfrutó mucho Pagura. “Empezó a darle importancia al pase y a darse cuenta de que podía llevarse las marcas y asistir para ganar”, sintetiza Julián, quien tiene una anécdota que refleja ese cambio de mentalidad a los 17. “Fue en un clásico contra Argentino. Faltaban pocos segundos, perdíamos por un punto y yo pedí tiempo muerto. Franco llegó y empezó a decirme qué hacer… Yo lo tomé bien y le di la tabla para que arme la jugada. Me sorprendió cuando diseñó una para que todos los marcadores se fueran con él y definiera un cadete. Salió tal cual y ganamos. Ahí Franco mostró su personalidad y una nueva visión del básquet”, resalta. Balbi recuerda bien la historia y hasta hace un chiste. “A lo Manu cuando le agarró la tablita a Pop (se ríe)… Me pareció que era lo mejor y Julián me dio esa libertad”, dice diez años después.

Una libertad con obligaciones y aprendizajes que Franco debió asumir. “Siempre creí en él, sabía que iba a llegar por su enorme talento, pero primero debía madurar en algunos aspectos, principalmente sentir que no todo lo podía manejar él. Por eso decidí que me ayudara en algunas categorías para que aprendiera a tratar a chicos que no te dan bola. Creo que eso le sirvió, se puso en el lugar del entrenador y entendió algunas actitudes”, resalta. Franco recuerda con mucho cariño toda aquella época en Junín y, sobre todo, destaca cómo cada etapa le sirvió para crecer. “Creo que fui aprovechando cada uno de los tres clubes y los fui dejando en los momentos justos, sin quemar etapas. Me parece que respeté los tiempos y cuando me fui, ya estaba más preparado”, rescata quien, ya a los 16, ya había hasta jugado un regional de clubes con los Indios. Por eso el debut en la Liga, a los 18, con Ciclista, no lo tomó de sorpresa. “Toda la etapa previa me ayudó. Imaginate que, en un momento, Adrián decidió darme la titularidad en el TNA con tan poca edad y pude asumirla”, explica. Capelli explica por qué lo hizo. “Yo ya veía que era distinto y tenía mucha personalidad. Yo no hice nada, todo lo logró por mérito propio”, explica el hoy entrenador de Hispano Americano en la LNB. “A Adrián le debo mucho porque se la jugó dos veces por mí, tanto en aquellos primeros pasos en Ciclista como cuando me rescató con Argentino. Me transmitió el ir siempre por más y dio el empujón para mejorar en todo aspecto”, devuelve el jugador juninense.

El ir por más hizo que en el 2013 tomara la decisión de jugar en Argentino, el archirrival de Ciclista en Junín, una ciudad que vive con una pasión a veces exacerbada. “Sí, fue una decisión difícil, que seguramente no hubiese tomado si ambos clubes estaban en la misma categoría. Pero yo venía en crecimiento, quería volver a La Liga y la única oferta fue la de Argentino. Lo de Ciclista me putearon y los de Argentino me resistieron al principio, pero yo nunca fui de darle bola a los insultos o las críticas. Igual, siempre les estaré agradecidos a los dos”, explica. Está claro, por todo lo vivido, desde la lesión hasta los aprendizajes en el juego, pasando por superar climas hostiles, que Balbi fue sumando experiencia. Y el gran salto, después de romperla en Argentino durante tres temporadas, llegó hace algunos meses, cuando decidió fichar por Ferro, un histórico que tenía la ambición de volver a pelear bien arriba. “Fue un poco dejar la zona de confort que había logrado en Argentino y en mi ciudad. Si jugaba bien, buenísimo. Pero si no rendía, la gente me quería igual. Necesitaba otro desafío y me parece que Ferro, con un plantel de nombre y jerarquía, me lo podía dar”, analiza.

Lo que imaginó Balbi se dio en esta primera temporada. Franco es el cerebro y el Verde escaló en las posiciones hasta pelearle el 1 de la Conferencia Sur a San Lorenzo, el campeón. “Gran parte del éxito de Ferro es por él, por su esfuerzo diario y por ser el cerebro que maneja al equipo y los ritmos de cada partido. Si él está bien, todo mejora”, explica Ignacio Alessio, otra de las pieza clave del conjunto (es el goleador). “Siempre me gusto verlo jugar y desde que estoy con él noto el crecimiento de su nivel, manteniendo la impronta de ser un armador que disfruta haciendo jugar a sus compañeros”, explica el pivote, quien lleva 3 temporadas seguidas jugando con Balbi y nota los beneficios que le ha traído. “Desde la primera práctica noté la necesidad de elevar mi concentración y mi trabajo diario para poder aprovecharlo. Trabajé mucho para poder entenderlo, saber cómo piensa y así hoy puedo decir que disfruto cada momento con él porque sólo con miramos ya sabemos que está pensando cada uno”, desarrolla Alessio.

Alvaro Castiñeira, el DT de Ferro, asegura que no había plan B cuando se trató de armar el equipo. “Fuimos directo a él, era el base que creíamos que necesitábamos. Y hoy puedo decir que Franco está dando lo que habíamos pensado con la dirigencia. Nuestras expectativas eran altísimas, porque sabemos lo que puedo dar”, admite. Pontelli, su coach de la infancia, no le tiene miedo a una afirmación fuerte. “Es el nuevo Cortijo de Ferro”. Lucas Pérez repara en el desarrollo que su ex compañero en Argentino tuvo en estos años. “Ahora es un jugador completo porque le agregó dirección de juego. Hizo una gran transición de ser goleador en sus equipos a convertirse en un asistidor nato. Lo que realmente más destaco, cuando nos enfrentamos, es lo difícil que es cortar los circuitos que genera. Lo intento, para que no sea feliz y el resto no se potencie, pero lo logra igual”, explica el base de Boca. Capelli cree que tiene que ver con esa naturalidad para jugar. “Tiene tanto talento que todo lo resuelve fácil. Y, a la vez, trabajó mucho y ahora, a esas virtudes, le suma la experiencia que antes no tenía. Noto que lo está disfrutando y a mí me da mucho placer verlo cómodo, feliz. Lo tiene más que merecido”, opina el coach.

Balbi, más allá de ser el cerebro de un candidato, presenta un plus a la hora de verlo jugar y tiene que ver con su estilo arriesgado, desfachatado, que incluye lujos y jugadas llamativas. Una forma que a él le hace bien, le permite disfrutar del juego. “Siempre jugué así. Te diría más, antes tiraba más fantasías y arriesgaba más. Ya más de grande, con más recursos y maduración, elijo mejor los momentos, pero siempre pensando que lo primero es ganar divirtiéndose”, desmenuza. Consultado sobre si lo que hace en la cancha lo entrena a repetición, sorprende con su respuesta. “Si, entrenar, me entreno, pero sobre todo lo que tiene que ver con el manejo de pelota es muy natural. La manejo fácil. Tampoco soy de mirar videos de otros, pese a que por ejemplo Teodosic me maravilla y antes me encantaba ver a Diamantidis. Más que nada los veía por su visión de cancha, no tanto por sus pases o lujos. En los entrenamientos, por caso, prefiero dedicarle tiempo a conocer a mis compañeros y saber sus tendencias para luego aprovecharlo. Por ejemplo, yo sé que Nacho (Alessio), en el pick and roll, rara vez va a cortar al aro, que le gusta recibir abierto. O que Jony mete muy buenas puertas de atrás. Así con todos. Me encanta también leer a las defensas. Cuando comienza un partido las primeras ofensivas son para hacer jugar a compañeros y si no va, soy más agresivo para el aro. Me gusta saber qué me van a defender y actuar en consecuencia”, explica.

Los elogios llueven, aunque Balbi pisa el freno cuando se le habla de su mejor momento. “No sé si lo es, seguro es uno de los mejores, pero quizás en Argentino haya jugado un poco mejor, sobre todo con Rearte. Es cierto que ésto es diferente, porque manejo un equipo con más nombres y yo tengo más responsabilidades de hacerlo jugar. Pero noto que sigo en crecimiento, que no he llegado a lo que puedo dar”. En ese sentido, Franco tiene un plan. Cumplir los dos años de contrato firmados con Ferro y luego, a los 28, tratar de dar el salto al exterior. Castiñeira y Pagura no tienen dudas de que tiene un “talento de exportación” y Franco, al menos, busca esa experiencia. “Todavía no tengo pasaporte, aunque lo estoy tramitando. Pero me gustaría mucho para probarse y ver si me da. Si no, volveré”, asegura. No es su único sueño. El haber estado en la Selección que disputó el Sudamericano del 2016 hizo que el ponerse la celeste y blanca no sea una utopía, aunque Balbi sabe que ocupa el puesto con más competencia. “Fue una experiencia increíble lo de Caracas y cada año que comienza pienso en el seleccionado, al menos ser convocado y poder tener la chance de competir por un puesto. Sé que Campazzo y Laprovittola están en otro nivel, un paso por delante de los que estamos acá, pero me gustaría al menos poder estar en una preselección y pelearles un lugar, aunque sea medio imposible. De por sí sería un crecimiento”, explica Franco.

Un Balbi que vive de desafíos y se ha nutrido de los aprendizajes que se presentaron en su camino para estar en Franco despegue y ser hoy uno de los mejores bases de nuestro país.

Julián Mozo escribe columnas para la web de La Liga y es el responsable la sección “Esto pasó en la Liga”. Trabajó 18 años en el Diario Olé, cubre la Liga desde 1996 y es el comentarista de la NBA en DeporTV. Cubrió 3 Mundiales de básquet, cinco finales NBA y un Juego Olímpico, entre otros torneos y competencias. En Twitter e Instagram podés encontrarlo como @JulianMozo.

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